
Martes
Esta tarde regresé a mi habitación después de la terapia de electrochoque con un sabor a alambre en la boca. Estaba mareado, las manos me temblaban y tenía los pies entumidos de frío.
Por fortuna, desde mi cama podía ver a cuatro de mis vacas caminando entre los autos a través del ventanal que da al estacionamiento.
La luz roja del sensor de la alarma contra incendios parpadeaba al ritmo de cada día.
Jueves
Temprano por la mañana vino mi pareja a recogerme. Creo que hoy era domingo, porque es el día que puedo volver a casa. Fuimos a una reunión familiar, era un festejo relacionado al año nuevo, no sé. Al llegar a casa de su prima vi junto al sofá un gran árbol de madera lleno de luces y rodeado de velas. ¿Tal vez era navidad?
Había una luz del sensor de la alarma contra incendios en la cocina y otra en el salón. Llevaban el ritmo de dos parpadeos en lugar de los seis de mi habitación.
El barullo de la familia y mucha otra gente que nunca había visto sonaba como lejanos ladridos de perros.
A la mesa se acercaron los hermanos de mi mujer y yo veía el movimiento atropellado de sus labios, pero solo podía escuchar salir de su boca el sonido interrumpido de una sonaja. A sus preguntas y movimientos de manos solo asentía con la cabeza. No fue difícil adivinar que la plática giraba en tono a lo alto que están los impuestos, y el poco dinero que recibirán cuando se pensionen.
Las piernas pararon de temblarme cuando divisé por la ventana del salón, entre las botellas de vino tinto y las tablas de quesos, a algunas de las vacas de mi granja. Estaban pastando bajo el cielo gris y la lluvia fina.
Viernes
¿Quién se encargará hoy del ordeño y del colado de la leche?
Si la caja de pastillas azules estuviera sobre la mesa, me las tomaría todas. Me han dado hoy doble dosis y, sin embargo, no logro quedarme dormido.
Martes
Esta tarde fui a jugar billar con dos de los primos de mi esposa. Ambos sabían bien que tenía que estar de regreso antes de las nueve de la noche. Un par de horas fuera de mi habitación, entre ‘amigos’ me haría bien, me dijo Farnoosh, mientras ponía en mi boca una cápsula de color cúrcuma, una pastilla azul y dos verdes.
Del billar solo recuerdo el sonido de las botellas de cerveza sobre la barra. Esta vez no me tomaría diez o quince, de eso estuvieron los primos muy pendientes.
La pregunta inocente que todos me hacen no pude evitarla: ¿Y qué tal Renzo, estás mejor? Antes de escuchar la última palabra sentía ya como mis intestinos golpeaban la pared de mi estómago, y como me subía por el esófago una efervescencia amarga que congeló mi quijada. El orden de mi respuesta era siempre el mismo: sonreír nerviosamente, agachar la cabeza y responder sí, dos veces.
Miércoles
Prefiero el olor a excremento de ganado en mis manos, a la visita de mi madre y mis hermanos. Hoy estuvieron conmigo hasta el mediodía. Al bombardeo de preguntas y gritos yo solo pude asentir con lágrimas y gemidos entrecortados.
Por fin se fueron. Farnoosh entró a prepararme para una nueva sesión de terapia.
El parpadeo rojo del sensor se aceleró. Mi boca tenía ya sabor a alambre.
¿Sabría Farnoosh que las vacas con nombre producen más leche y son más felices?
*Para Kris, quien ya pasea por nuevos campos.

