
Juana María nos mintió durante años, y continuó con la mentira hasta el último día de su vida. Mi abuela, “abuelita”, como la llamábamos mi hermana y yo, había decidido llamarse Anita muchos años antes de que yo naciera.
Nosotras, sus dos únicas nietas, la llamábamos también Abue, Mamanita, Balola, Caradehacha. Así empezábamos nuestro ritual cada vez que hablábamos por teléfono o cuando llegábamos a visitarla a su pequeño, muy pequeño departamento en el corazón de la Ciudad de México.
Mi abuelita vivía en una de las ahora emblemáticas unidades habitacionales construidas en los años sesenta. Eso yo, por supuesto, no lo sabía. Pero lo que sí sabía, era que para llegar a su casa caminábamos entre jardineras y edificios multicolor con rejas en las entradas. Escuchábamos con los oídos tapados el sonido de los aviones que hacían crujir las ventanas de los edificios cada vez que pasaban. Al llegar frente a su edificio se iluminaba mi corazón al ver su cara asomarse por la ventana para aventarnos las llaves.
–Hola, ahí les van las llaves, ¡pásenle! –. Una vez adentro pasábamos el zaguán y había que sobrevivir los más gigantescos y terribles agujeros entre los ‘modernos’ escalones de metal. Cada escalón era un tormento, los subía imaginando catástrofes y casi sin respirar. Finalmente llegábamos al segundo piso y la puerta negra del departamento número 12 se abría para recibirnos, se abría de par en par.
Y entonces comenzaba el segundo ritual. Mamanita tenía la mesa llena de delicias para cada uno de nosotros.
–José Luis, aquí le tengo sus nueces garapiñadas–, claro, ella sabía muy bien que ese era el postre favorito de mi papá. Mamanita era generosa y se daba y daba en abundancia. No le tenía un platito o una bolsita de nueces, tenía un cazo de cobre desbordado de nueces que ella misma había preparado.
–También le tengo sus sevillanas–, por supuesto en paquetes al mayoreo que había comprado en el mercado.
–Mamacita, ahí les tengo sus lenguas de gato–, señalando una torre de cajas de chocolates. –Y les compré sus gomitas y su ‘postre’–. Me detengo aquí para saborear nuevamente un delicioso chocolate envinado con pasas, de envoltura verde botella que no he vuelto a ver. –Hija, Tere, ahí te tengo tus natillas y tus jabones–.
Mi abuelita era una gran madrugadora, –al que madruga Dios lo ayuda, y sí es cierto, a mí así sí me rinde el día–, decía muy orgullosa. Seguramente esa misma mañana se había ido caminando al mercado de La Merced donde sus marchantas la esperaban. –No me gusta que me agarre el quehacer cuando ya salió el sol–. Así que, en días como ese, tenía que esperar a que el mercado estuviera abierto para poder ir a surtirse. Mamanita arrastraba siempre sus pies. No la recuerdo caminando de otra manera, siempre le dolían mucho.
–Ay hija, mis patas me duelen–. Y, sin embargo, se iba caminando al mercado para regresar con sus bolsas del mandado llenas, para prepararse para nuestra visita. ¿Abuelita, pero por qué no tomas el camión? –Me voy al pasito Balola–.
Si alguien de nosotros decía que tenía antojo de…barbacoa, a la visita siguiente, generalmente en sábado, aparecían ante nosotros cinco kilos de barbacoa, con tortillas, salsa y verdurita picada. Nos alcanzaba para comer y llevar por montones.
Ahora que lo pienso, de alguna manera era como si tuviera una lamparita de Aladino, ó ¿tendría tal vez una varita mágica?
Juana María, Mamanita, había tenido una infancia muy dura. Su mamá murió cuatro días después de que ella naciera, en noche vieja. Así que esas fechas siempre eran incómodas para ella. De pequeña pasó hambre y a los quince años ya había sido mamá y se había divorciado para no volverse a casar nunca más. Trabajó como obrera en una fábrica de medias y después como cajera en un comedor. Más tarde vivió de su pensión, que a mi parecer también era mágica. Yo me preguntaba ¿cómo hacía mi abue para tener siempre en su mesa esas delicias para nosotros?, ¿por qué siempre le alcanzaba el dinero? Si iba de visita a nuestra casa, el ritual se repetía y llegaba con las bolsas desbordadas de sabritones, gelatinas de agua y de leche, pistaches…Sabía siempre lo que nos encantaba.
Una vez me confesó su manera de llevar el gasto. Tenía varias alcancías; para el mandado, para la luz, el agua, medicinas, entre otras. A veces le pedía prestado a una alcancía y cuando le devolvía el dinero, le pagaba siempre con un poquito más. Eso sí, ¡jamás pagaba un taxi! porque decía que los taxistas eran muy rateros.
La última vez que la visité en su departamento fui yo sola, había acabado la universidad y necesitaba tramitar unos papeles en la Ciudad de México. Después de disfrutar de las ricuras que tenía para mí, abrí su pequeño refrigerador en busca de más comida. En una olla encontré un guisadito, ¿qué es esto abue?, –verdolagas con carnita de puerco en salsa verde, ¿te las sirvo? –.
En un instante las calentó para mí junto con unas tortillitas crujientes, y entonces saboreé, sin duda, un pedazo de cielo. Mamanita me dijo que ahora que sabía que me gustaban tanto, la próxima vez me tendría listas mis verdolagas. Entonces aproveché para preguntarle:
–Balola, me dijo mi mamá que te llamabas Juana María ¿por qué te cambiaste el nombre? –.
–Cállate, cállate, ese nombre es muy feo, que ni te oigan. No me gustaba, así que yo me lo cambié y me puse Anita, todos me conocen así–.
Mamanita murió en febrero del 2007. Todavía se me atraganta el recuerdo gris de los últimos meses de su vida, entonces me refugio en la idea de que donde está, anda muy atareada llenando la mesa de nuestras golosinas y platillos favoritos, para cuando nos volvamos a reunir.
Estos últimos meses la he recordado mucho, recordé su fortaleza, su abundancia, su generosidad, su corazón suave y cálido. Debe ser porque en nuestro huerto empezaron a darse las verdolagas.

