Hace un par de semanas mi hijo regresó de su primer viaje escolar de la secundaria. Después de un largo baño, se arrastró hacia el sofá, recargó la cabeza en uno de los cojines y en segundos empezó a roncar. Para mi sorpresa, su siesta duró un par de horas. Entrada la tarde, tuve que ir a despertarlo porque había quedado de acompañar a su papá a un paseo. Mi hijo me había insistido en despertarlo no matter what (expresión prepuberal del momento) ya que por nada quería perderse la excursión. 

Así que fui a sentarme junto a él para cumplir mi promesa. Al llamarlo lo tomé de la mano, él parpadeó un par de veces, con los ojos en blanco despegó ligeramente la cabeza del cojín y cayó nuevamente en su trance. Esta escena, con ronquidos incluidos, se repitió unas cuatro o cinco veces. Después de tantos intentos, mi hijo se dio por vencido y me dijo que una parte de él quería ir, pero otra parte de él no lo dejaba salir del sofá. Al final decidió quedarse en casa y siguió durmiendo por un largo rato.

Al oscurecer, cuando le pregunté si quería venir a comer algo, me contestó entre sueños que sí. Apenas levantando los parpados me dijo que sí tenía hambre, pero que también tenía mucho sueño y además sentía pena por no haber acompañado a su papá. Me senté junto a él para seguir escuchándolo, y todo adormilado mencionó que se sentía, no sé cómo, que sentía como algo ahí adentro, señalando su barriga.

Entonces le recordé la historia del libro de “Vacío” de Anna Llenas, un libro que años antes habíamos leído juntos muchas veces. El álbum explica con hermosas ilustraciones collage hechas con cartón y con pocas pero justas palabras, el vacío de una niña llamada Julia.

Así que juntos recordamos como era ese vacío que se contaba en el libro y le pregunté si acaso se parecía a lo que sentía en la barriga. ¡Y sí que era eso! además indagamos si tenía algún color, forma especial o si estaba en otras partes del cuerpo.

Después de cenar busqué el libro y recordé que se lo había prestado a una amiga. En un mensaje le pedí si podía traérmelo, ya que teníamos un preadolescente que después de una semana de aventuras entre compañeros, había regresado con un caso agudo de vacío.

Ya con el chamaco en la cama y un té en la mano, repasaba yo lo sucedido. Me sorprendí de que mi hijo de doce años supiera nombrar lo que le pasaba. Suspiré también porque yo de niña nunca tuve en casa un libro como ese, y porque nadie había nombrado eso que yo tantas veces también sentí en mi barriga.

Al día siguiente regresó el libro a nuestras manos. Por la noche mientras mi hijo estaba ya arropado en su cama, me dispuse a leer en voz alta esta joya de nuestra biblioteca. Me pareció un acto simpático después de haber recordado este libro la noche anterior.

Mi hijo que seguía arrastrando el cansancio de una semana llena de bosque, trenes, seguramente más pantalla que lo usual, y amigos, cayó nuevamente como piedra en su almohada. Apenas iba yo en la página tres, donde la nena cuenta que ella era una niña normal y corriente cuando él se encontraba ya en el país de los sueños.

Le sacudí ligeramente el pelo y susurré su nombre en su oído, pero no hubo respuesta, luego me quedé pensando: ¿cómo es posible que se durmió sin escuchar la historia completa?

Yo, convencida de que entre sueños me escucharía, seguí leyendo en voz alta. Estaba segura de que muy a lo lejos, se enteraría otra vez de todo aquello que ayudó a la niña a reducir el hueco de su panza.

De repente detuve mi lectura cuando Julia cae desplomada al suelo, y ahí en el silencio de la noche sentí como un fino e invisible velo también caía.

Fue así como entendí que la insistencia por acabar la lectura y rebuscar en el vacío era ¡para mí! Comprendí que era mi niña interior la que estaba necesitada de leer el libro que la vida le había traído cuarenta años más tarde. Con una sonrisa de oreja a oreja llegué a la última página y agradecí que hubiera libros como este circulando por el mundo. 

Ahora te toca a ti. Dejo por aquí este tesoro por si tus hijos, hijas, tu niño, tu niña interior, o quizá alguien más por casa lo necesita.

¿Cómo encontré este libro?

Pues la verdad es que ya no lo recuerdo, pero de muchos otros que ya te iré contando ¡sí!

Por ahora te dejo aquí los datos y un abrazo lleno de lo que hoy mas necesites.

Llenas, Anna. 2015. Vacío. 5.a ed. España: Barbara Fiore Editora.

Imagen: collage a partir de la portada del libro.